Un anciano que había vivido siempre en un pueblito de  Sri Lanka vendía cocos troceados a la entrada del cine al aire libre del pueblo. No tenía radio, ni televisión, ni leía los periódicos, pero seleccionaba los mejores cocos de las plantaciones  y los vendía.

Siempre había hecho lo mismo, compraba los cocos a las plantaciones mas selectas, los compraba a diario para que la mercancía siempre fuera reciente, los troceaba y los enfriaba, y su puesto estaba cubierto de hojas de palmera que además de mantenerlos a la sombra, le daban un carácter tradicional. Preparaba un cartel con los precios según los tamaños, y otros con las propiedades del coco y  colocaba pizarras de propaganda en el lugar donde se formaba la cola para la adquisición de las entradas. Ademas siempre jaleaba  su producto en voz alta y todos, niños y grandes le compraban diariamente.

Las ventas siempre iban bien, además el cine estaba situado en un camino transitado que hacía que el número de contactos no decreciera. Como le iba muy bien, compraba el mejor género. Tuvo incluso que cambiar el carrito y este, era ahora refrigerado, para mantener más fresco los cocos. Todo iba a pedir de boca.
Como siempre le había ido bien, mando a su hija a estudiar a un buen colegio,con sus ahorros, he hizo de ella una importante mujer de negocios. Cuando su hija regreso en una ocasión a tomar unos días de descanso con su padre al pueblo, le comentó las dificultades que estaba pasando el mundo, le contó que fuera de allí, había una gran crisis y como ésta no respetaba a nadie, que era muy probable que él como todos los demás tuviera una ruina próxima. Así el padre, aprovechando la sabiduría de su hija comenzó a tomar mediadas, volvió al antiguo carro que no consumía electricidad, compraba los cocos más baratos de la plantación, que solían ser los mas atrasados, y con la tristeza que produjo las palabras de su hija ni jaleaba la mercancía, para animar a los compradores ni ponía los carteles, ni era tan amable con los clientes. Como era de esperar dejo de vender coco en tal proporción que, tubo que cerrar el puesto. Pensaba y contaba el viejito a sus amigos: "menos mal que mande a mi hija a estudiar, ella ya me previno de esta crisis".